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El año pasado comencé a nombrarme como lesbiana. En esta palabra encontré una forma de establecer mis intereses afectivos y por tanto, mis intereses políticos e identitarios. Aunque suene cursi, en las experiencias no- heterosexuales y no-normativas encuentro propuestas que buscan construir sus caminos con el amor y los cuidados como potencia y que crean otras posibilidades para experimentar y probar de formas muy diversas cómo queremos amar a les otres y cómo queremos que les otres nos amen.

Con este antecedente y con pretexto del Día de la visibilidad lésbica, entrevisté a cinco lesbianas de diferentes partes de la Latinoamérica: Argentina (norte y capital), Colombia, Honduras y México, para escucharlas y aprender de lo que para ellas ha significado vivirse lesbianas, así como las violencias, resistencias y reivindicaciones que les ha significado la visibilidad.

Aunque cada experiencia es diferente, hay entre ellas puntos en común sobre lo que han vivido como la discriminación en lo cotidiano, la falta de referentas lésbicas cuando eran pequeñas o los eternos estereotipos y debates sobre la forma en que debe ser una lesbiana y sobre cómo deben vivirse las relaciones lésbicas.

Espero que al igual que mí, estos testimonios puedan acompañarles en la reflexión sobre lo que significa nombrarnos lesbianas y la decisión de ser visibles, porque más allá de una identidad fija e inamovible, la lesbiandad es una forma de pararse frente al mundo, una apuesta política contra el binarismo y una posibilidad de reflexionar en colectivo sobre los placeres bajo la necesidad (constante y urgente) de escuchar diversas voces de quienes encarnamos sus infinitas formas.

Inuyaku: india marimacha con orgullo

Inuyaku Venezian se nombra a sí misma como una india marimacha. Es Diaguita Guaraní y activista de la colectiva Arpías, quienes albergan un espacio multicultural donde se celebran tanto a las disidencias sexuales como los orígenes indigenistas de quienes construyen este espacio ubicado en Salta, al norte de Argentina.

En una provincia pequeña y con una población conservadora como lo es Salta, la niñez de Inuyaku estuvo acompañada de constantes señalamientos peyorativos y de la enseñanza de la lesbiandad como algo negativo. Fue hasta la secundaria que una amiga cercana quien se reconocía como bisexual, le ayudó a ponerle un nombre al hecho de sentir atracción por las mujeres y la acompaño amorosamente en el camino de hacerse visible.

“La verdad que muy poco me nombro como lesbiana. Siempre me refiero a mí como
marimacha porque me empoderé de todos esos insultos que recibía cuando era
chica. La cuestión es nombrarse, porque qué es esto de estar bajo cuatro paredes y ahí hacemos lo que queremos… La visibilidad para mí en ese momento empezó a ser muy importante porque no tenía nada de qué avergonzarme y no tenía nada qué tapar.”

Inuyaku y el colectivo Arpías hablan constantemente de su orgullo por las raíces ancestrales que les atraviesan, pues la discriminación a la que están expuestas no solo es por vivirse lesbianas, sino también por una cuestión racial.

“Somos indias y lesbianas porque nuestra primera discriminación viene por indias. […] nos pasó ir a encuentros en los que nos sacaron porque no cumplíamos con un estereotipo de lesbianas acá en Argentina [...] o ir a una asamblea lésbica y que nos digan ‘¿ustedes saben leer?’. Hay una cuestión también dentro del movimiento lésbico de que es racista, clasista, academicista, entonces nosotras también por eso reivindicamos nuestras raíces ancestrales, nuestro color y toda esta cuestión de que somos clase trabajadora.”

Además de señalar las violencias sistémicas que pueden reproducirse dentro de los propios espacios lésbicos, Inuyaku resalta la importancia de reivindicar la existencia de las indias lesbianas, de crear y tener referentes lésbicas diversas donde otras más jóvenes puedan encontrarse, pero sobre todo, le parece indispensable reconocer y celebrar las diferentes formas de vivirse lesbiana.

“Para mí por eso es tan importante nombrarnos como tal, porque hay multiplicidad de formas de vivir nuestra lesbiandad. En este tiempo de locura, en el que el capitalismo nos avasalla, que el goce y el placer siga siendo nuestra unión. Reivindicarnos en las celebraciones, en el placer, en el goce. No nos olvidemos de eso.”

María Valentina: lo que se ve afuera sucede adentro

María Valentina vive en la ciudad de Medellín, Colombia. Se dedica al teatro y al movimiento, y desde ahí crea la Manifiesta Lesbo-Ternurante, un monólogo autobiográfico sobre el habitarse lesbiana. Es también tijeretera de cabellos.

Para María Valentina, nombrarse lesbiana ha provocado una tasnfroamción de sí misma, una reflexión no sólo sobre lo qué significa serlo, sino sobre lo que significa habitarlo. Un camino introspectivo que hacia afuera le ha permitido jugar con su ropa o su cabello, cuestionar los mandatos de femineidad que la habitan o preguntarse por qué tanta insistencia del mundo por que “lo lesbiana no se te note”.

“Para mí ha sido una palabra re incómoda que más que incomodar a la gente, que también le incomoda la palabra lesbiana, puede también transgredirme a mí misma. [...] más allá de a dónde muten mis gustos, es importante reconocerme lesbiana, porque es un apuesta también política de vida íntima, creativa y social”

Agregar el apellido feminista a su autoidentificación como lesbiana, ha puesto al centro de su experiencia la colectividad y, acompañada de otras vivencias, ha encontrado espacios para dialogar sobre los roles heteronormados que pueden replicarse en las relaciones lésbicas o en la monogamía como única posibilidad relacional.

“Hay una fuerza que habita ese nombre compuesto. Nombrarse lesbiana feminista
hace hermandad. Crear colectividad genera otras miradas, otras apuestas de
seguridad, de confianza. No es lo mismo llevarlo en su propio mundo a ponerlo en lo
colectivo con otras compañeras lésbicas con las que una también se pueda
identificar, con quienes también pueda construir y seguir parándose frente al mundo con mucha ternura y con mucha fuerza”.

Para ella la visibilidad es necesaria para traer otros debates a la mesa como las discusiones identitarias sobre lo que significa ser mujer, quiénes desean nombrarse lesbianas, así como señalar los sistemas hegemónicos que nos atraviesan resaltando la necesidad de tener historias y referentes diversas que vengan desde todas partes y todos los frentes.

“La visibilidad [le] permite [la existencia] a más personas o más mujeres y a más lesbianas, que además no todas las lesbianas nos reconocemos como mujeres, nos podemos seguir identificando con otras historias contadas de diversas maneras. Y [además nos permite] pensar cómo podemos construir y tejer otras historias desde la ternura, desde el cuidado o desde el amor, desde formas más horizontales de encontrarnos. Aquí estamos, seguimos, existimos y seguimos mutando este imaginario que se construyó de lo que se supone que somos y que seguimos buscando cómo queremos ser nombrándonos como se nos dé la gana”

Iris Zárate: Acompañar(nos) para vivir libres

Iris es una activista joven, negra, lesbiana y afromexicana. Tiene 22 años y trabaja por la defensa de los derechos humanos de niñas, mujeres y jóvenes afromexicanas Preside la asociación Afropoderosas y es parte de la Red de Juventudes Afromexicanas y la Asociación Mano Amiga de la Costa Chica.

Nombrarse desde el lesbianismo ha sido un proceso que le ha implicado sobreponerse ante sus miedos y abrir puertas en su contexto inmediato -una comunidad hermética, muy influenciada por la religión- . A la vez, se ha convertido en una posición política digna de defender. Para ella, ser lesbiana visible significa asumir un nivel de vulnerabilidad que la expone a muchos tipos de discriminación: comentarios, miradas, tabús y estereotipos a los que hacerle frente todos los días.

“ya de por sí por mi perfilamento sufro esa discriminación racial, estructural, institucional [...] el nombrarte, reconocerte y ser una lesbiana visible hace que las cosas se pongan un poco más complicadas [...] el sistema y la sociedad te quieren meter en una caja de cómo te tienes que comportar, cómo te debes ver y cómo debes ser si te consideras lesbiana o para que ellos te consideren como una lesbiana.”

El miedo y la incertidumbre de Iris están acompañadas por una fuerte convicción de acompañar a las otras, de querer contribuir en la creación de referentes y de espacios para que más lesbianas negras puedan encontrarse y vivir de la forma en que ellas lo decidan. Para ella es importante crear posibilidades para que las mujeres puedan imaginar otros caminos donde no tengan que vivir “esclavizadas de manera emocional” con un hombre porque se sienten obligadas a hacerlo.

En un país tan violento con las mujeres, para Iris es importante que la visibilidad sea una decisión que priorice el autocuidado, donde las redes de apoyo puedan acompañar y contener a quiénes no se sienten seguras de vivirse visibles. Por ahora su centro es la construcción de espacios con otras en los que también se puedan crear más referentes lesbianas, negras y afromexicanas y juntas dejar un antecedente, un camino iniciado para que lo sigan construyendo todas las demás que vengan.

Es muy importante trabajar en equipo, trabajar en conjunto, para que así también, no (se) haga tan pesada la elaboración del producto.

Seydi Irias. Lesbiana es rebeldía ante el binarismo

Seydi Irias vive en la capital de Honduras y es activista de la Red Lésbica Cattrachas. Forma parte del Observatorio de Muertes Violentas, donde se trabaja por atender la violencia tanto de mujeres como de personas LGBTTTTIQ+ en el país. En sus tiempos libres le gusta coleccionar estampillas y carritos miniatura, y disfruta mucho leer.

Para Seydi la lesbiandad es una forma de habitar el mundo de forma rebelde, una posición que rompe binarismos y que permite a las mujeres vivirse en placer. Sin embargo, nombrarse y reconocerse lesbiana fue un proceso complejo y confuso debido a la educación tradicional de su entorno, la falta de espacios para hablar sobre lo que pasaba con su cuerpo y la falta de información acerca de su sexualidad.

“La comunidad también es un lenguaje de creación social. Es difícil ser mujer en un país como Honduras, en una zona como Centroamérica, […] está el tema de conocernos a través de las creencias religiosas porque es lo que más hay en el barrio, la violencia desde luego, y las relaciones bien consensuadas a través del binarismo. Entonces salirse de ahí también es una forma de exclusión.”

La expresión de género masculina de Seydi ha implicado una constante afrenta al sistema binario en el que la sociedad se compone. Su adolescencia fue un momento complejo, porque no encontraba referentes que le ayudaran a ubicar su lugar en el mundo. No conocía mujeres con expresión de género masculino que se vieran como ella y tampoco conocía a más lesbianas, por lo que resolvió que era mejor rodearse de varones y adoptar los espacios y actitudes de ellos. Debido a que no se entraba en los estereotipos de lo que era ser una mujer, Seydi sentía que no había otro espacio para ella.

“decirme a mí misma que es mejor ser hombre, era una violencia, absolutamente, pero yo no lo entendía de otra forma. Si no existen los grises, todo tiene que ser blanco o negro. Y ahí es cuando las mujeres, por todo los que vivimos y sufrimos, copiamos estereotipos.”

Para ella, son estas violencias cotidianas las que llevan a algunas lesbianas a reproducir estereotipos como el que las mujeres con expresión masculina deben relacionarse con mujeres que tengan una expresión más femenina que ellas o adoptar actitudes y comportamientos asociados a lo masculino, incluso  “ser bruscas y violentas, para parecernos a los hombres”, y entonces poder validar sus relaciones con mujeres.

Con el paso de los años, conocer y reconectar con el cuerpo fue clave para reivindicar su lesbianismo. También lo fue reconocer las formas en que el placer es negado a las mujeres y a las lesbianas: los mitos alrededor de la masturbación, la poca o nula información acerca del sexo no falocéntrico y la negación del cuerpo como un lugar donde puede habitar el placer.

En su opinión, la lesbiandad debe ser una conversación pública y cotidiana, sin academicismos y centrada en el placer, porque considera la lesbiandad como un lugar para reconocer que todos los cuerpos tienen derecho a vivirse en placer y en libertad.

“Hay que hacerle el juego al capitalismo, porque el capitalismo nos juega una mirada de discriminación y de desprecio, […] donde los cuerpos de lesbianas aceptados son cuerpo blancos, estéticos, delgados. No son cuerpos gordos, negros, marrones, mestizos, no son los cuerpos con un piercing, tatuajes o con modificaciones, que es lo que sucede con las mujeres trans. [...] El lesbianismo es la rebeldía más grande en un sistema binario. Es la rebeldía de que las mujeres se pueden amar en todas sus figuras.”

Suyay: ser viejas lesbianas

Suyay vive en La Plata, Argentina. Es diseñadora gráfica independiente y forma parte de la Editorial Tolomochxs, una editorial lesbotransfemidisca autogestiva. Con su cabello rosa, su tatuaje de tijeras en el brazo y una playera que dice bollera, torta y muchas otras palabras referentes a la lenchitud, Suyay tiene opiniones contundentes sobre la necesidad y la responsabilidad cívica de nombrarse lesbiana frente los estereotipos y la urgencia de encontrar diversas formas de narrar la lesbiandad.

Su camino implicó transmutar del autoidentificarse como bisexual*, donde sentía que podía mantener alguna especie de relación sexual o afectiva con hombres aún cuando no se sentía del todo bien con ello. Despúes encontró en nombrase lesbiana, el lugar que le hacía más sentido, que le permitía nombrar quién era y que le permitía pararse frente al mundo para incomodarlo.

* Recordamos que la bisexualidad es una identidad diversa y válida como cualquier otra, en todas las etapas de la vida.

“Me defino como lesbiana no como si tuviera que buscar mi categoría de una mujer que sale con mujeres, no sé ni siquiera que es eso. Me parece importante también [nombrar] que muchas veces está esto de ‘mujer gay’, y ahí está todo bien, es re divertido, pero si digo 'lesbiana' es un drama o ¡Ay Dios mío, qué señora del mal!”

A Suyay le importa que las lesbianas se nombren como tal porque esta apuesta política le permite a otras (re)imaginarse tanto las jóvenes como las que un día seremos ancianas. Ser lesbiana visible para que las nuevas generaciones encuentren espacios seguros y no clandestinos para explorar y desarrollarse y después ser una anciana lesbiana visible para que podamos imaginar(nos) el futuro.

“yo voy a hacer una vieja lesbiana de referencia para que una piba no se tenga que vivir atrapada en un matrimonio heterosexual que no quiere porque nunca vio una vieja lesbiana."

Suyay también habla fuerte sobre cómo los discursos identitarios pueden constreñir(nos) y cómo la competencia constante entre nosotras es agotadora. Para ella, la unión debe ser una estrategia para accionar hacia afuera, por ejemplo, para hacer frente a los discursos de odio.

“Tenemos que competir a ver quién es más lesbiana, quién es más diferente, quién es más poliamorosa. Y vos, si te gusta tener una pareja monogámica, no servís como lesbiana. Reviviendo el mismo modelo de ‘yo te digo que es la norma y vos tenés que acatar esto’ ¡Basta ya! [...] nos peleamos entre nosotres y perdemos fuerza.Yo estoy decidida a vivir haciendo lo que me parece que está bien.”