Autora: Graciela Reyes
Coautora: Ana Cecilia Ortega
Todo empezó con el deseo de tener algo propio, algo que tuviera con mi propio esfuerzo. A los 18 años, durante una temporada de lluvias, fui con mi hermana por primera vez a visitar a la familia de una amiga en un pueblo a unas horas de mi comunidad en Chiapas. Era la primera vez que veía tantos campos de caña de azúcar en un mismo lugar. Fue la primera vez que vi una cascada tan grande y blanca como El Chiflón, pero sobre todo,
”fue la primera vez que pensé en que quería tener un cuarto para mí misma.

Me llamo Graciela. Soy de Reforma, Chiapas, una colonia rodeada de montañas y árboles donde, tan pronto baja el sol, se puede ver a las familias caminando hacia el río donde conviven y lxs niñxs nadan. Los anuncios a todo volumen, esos que dan a conocer quién está vendiendo qué, compensan la falta de señal telefónica. En ese entonces mi casa sólo tenía una sala y un corredor con una pequeña cocina afuera donde cocinábamos con leña. Yo dormía con mis hermanxs en la sala y solo una cortina dividía los espacios. Aunque me gustaba y me gusta mucho mi comunidad porque es donde está mi gente y donde me siento segura, anhelaba tener un espacio propio en mi casa que fuera seguro y donde pudiera tener mi privacidad. Con este viaje comencé a pensar que mi deseo podía volverse una realidad.
Al llegar a la casa de mi amiga, me llevaron a su cuarto donde dejé mis maletas y me quedé con mi hermana. El cuarto era pequeño pero muy bien acomodado. Recuerdo haberme sentido muy acogida y decirle a mi hermana “aunque sea así tuviéramos uno que fuera nuestro”. Quedarme en ese cuarto me hizo darme cuenta de que no necesitaba tener tanto como yo pensaba, y que tal vez podría tener uno igual, pero
”tanto mi hermana como yo sabíamos que la única forma de construirlo era migrar para trabajar en otro lugar, pues en la comunidad no había oportunidades de trabajo con un sueldo fijo y bien pagado.
En su mayoría los hombres se dedican a cultivar café, maíz y frijol, y para las mujeres es aún más difícil pues se dedican al oficio del hogar y el dinero lo manejan los hombres cuando una vez al año venden la cosecha.
Pasaron los meses después de ese viaje y el mismo año, un amigo fue de Monterrey a Chiapas. Platicamos y me dijo que había mucho trabajo allá y que incluso podríamos llegar a su casa si decidíamos ir. ¡Hasta empezó a intentar convencer a mi mamá para que me dejara ir!
”Me estaba haciendo ilusiones de tener mi cuarto, pero no lográbamos convencer a mi mamá pues tenía miedo porque somos mujeres y le preocupaba no saber quién nos iba a cuidar o que nos fuera a pasar algo.
Mis primas decidieron que sí se iban a ir y en ese momento mi hermana me dijo “ya está, nos vamos a ir con ellas, Graciela”. Mi hermana no lo pensó dos veces: caliente se toma el caldo. Yo sabía que si ella se decidía, nos íbamos a ir. Todas las noches nos poníamos a platicar muy bajito para que nadie nos escuchara, planeando cómo íbamos a conseguir el dinero para el viaje. Sabíamos que nuestra familia no nos apoyaría porque les daba miedo que no pudiéramos pagar la deuda después, pero nosotras estábamos decididas y al final pedimos alquilado. Para mí el préstamo era una cantidad enorme: pedimos 2 mil pesos cada una, y por cada mil pesos íbamos a tener que pagar 100 pesos mensuales.
Ya con el dinero nos pusimos a hacer las maletas y nos fuimos temprano, antes del amanecer.

”Como era la primera vez saliendo de Chiapas, nos daba mucho miedo el viaje, era como llegar con una venda en los ojos.
Íbamos en un camión de mercancía, el más barato. Entre más se iba alejando el camión, sentía el corazón más pesado: dejaba a mis papás, a mis amigas y a mi comunidad. Lleno estaba el camión: tenía maletas, ropa, zapatos, bolsas negras enormes; no era fácil salir al baño. A mí me daba miedo que se fuera a voltear todo el camión y que los miedos de mi mamá se volvieran realidad, pero no teníamos otra opción. Dos días tardamos en llegar a Monterrey. Tan pronto nos bajamos, sentimos el frío, mis manos se congelaban y no teníamos guantes ni bufanda. En Chiapas nunca había sentido algo así.
Llegamos a casa de mi amigo y al día siguiente nos levantamos muy temprano a buscar trabajo. Caminamos en calles llenas de camiones de carga buscando de fábrica en fábrica. Los hombres en los camiones nos gritaban piropos pero yo no sentía miedo porque iba acompañada por mis primas y hermana. Dejamos muchas solicitudes de empleo y nada. Teníamos la sospecha de que no nos contrataban por ser familia.
Fue hasta que nos separamos que por fin nos aceptaron en una empresa que hacía cinturones de seguridad. Tenían un montón de gente, más de mil personas de diferentes lugares de México. Diario teníamos la misma rutina: llegabas, checabas con tu tarjeta y te ibas a tu línea. Había que estar puntuales porque si por un minuto entrabas tarde, perdías tu bono mensual. Estaba muy alumbrado con luces blancas y no había ventanas. Pasaba 8 horas parada poniendo un sello que lleva el cinturón. Eran estrictos: las idas al baño eran monitoreadas. ¡Ni pensar en platicar y usar audífonos o celular! Estaba prohibido. Aparte del ruido de las máquinas, se escuchaba el voceo: “¡Nada de estar platicando. Línea 113 por favor, necesitamos productividad!”, y como yo valoraba mucho el trabajo seguía al pie de la letra las reglas, pero me aburría y mis piernas me dolían.
”Si no se hubiera tratado del dinero, mi sueño en ese momento hubiera sido ser estilista.
Todos los días saliendo del trabajo me dirigía a mi casa. Vivíamos en una casita de Infonavit. Llegando al barrio se observaban hileras de casas todas iguales. Sentía miedo al llegar a ese lugar. De camino me topaba con muchos jovencitos inhalando thinner, se sabía que hubo un asesinato en un terreno muy cerca y una vez escuché los gritos de una muchacha que estaba siendo violentada por su pareja.
Después de unos meses allá, mis primas y hermana se regresaron. Yo me quedé.
”Era la primera vez que tenía un cuarto propio y me sentía muy sola. Tenía mi privacidad pero no lo sentía acogedor ni seguro como imaginaba que podría ser: las puertas estaban dañadas, tenía miedo de que alguien entrara y a veces no llegaba el agua. La razón por la que no me mudaba era porque era económico y quedaba cerca el camión.
Pasó el tiempo y dos años después empecé a extrañar mucho más a mi familia. Ya me sentía aburrida con la rutina y quería regresar a mi casa. Me costó mucho poder conseguir suficiente dinero para terminar mi cuarto; ganaba muy poco y tenía que apoyar a mi familia.
Cuando finalmente ahorré lo suficiente para terminarlo y regresé a mi comunidad, volví a sentir la misma tranquilidad que antes pero ahora por fin tenía mi propio espacio. Fue muy difícil para mí, pero lo logré y valió la pena.
”Hoy, mi cuarto es un espacio para compartir con mi hermana. Es el lugar que me sostiene cuando me siento estresada y me enseña la luz de la luna desde el sillón que ve a la ventana.
Es el lugar que escucha mis oraciones. Es donde puedo hacer ejercicio sin que nadie me interrumpa. Es el espacio que me ha permitido continuar estudiando la preparatoria y trabajar, y durante la pandemia me permitió aislarme cuando estaba enferma. Es el lugar que me acompaña en todas mis decisiones, es donde me siento segura.
Ya pasaron muchos años desde aquel viaje. Ahora trabajo en mi comunidad como Cuidadora de Salud Mental en una organización llamada Compañeros en Salud. En este trabajo facilito intervenciones individuales y grupales de salud mental a personas que viven con depresión y ansiedad. Me supervisa y da capacitaciones Ana Cecilia, la coautora de este texto.
Muchas veces me toca acompañar a personas que han tenido historias de migración, tanto de quienes han viajado como de quienes se quedan.

”Mientras yo las acompaño, me acompañan todas las experiencias de mi viaje y esto me permite entender y conectar mejor con otras historias, sobre todo cuando se trata de duelos.
Ana y yo creemos que es importante visibilizar cómo migrar impacta en la salud mental de individuxs, familias y comunidades. Estar fuera conlleva una serie de duelos al estar lejos la familia, la comunidad y la cultura, y las condiciones de vivienda y trabajo no siempre son adecuadas, mucho menos la seguridad, sobre todo para las mujeres. Además, si viajas a Estados Unidos se añaden los peligros del recorrido al cruzar la frontera y el constante miedo de ser deportadx. También es importante mencionar que los hombres son los que migran más y, al haber crecido con la presión de proveer económicamente y no expresar emociones, cuando regresan se crea cierto silencio:
”se habla del dinero, pero no de las experiencias dolorosas para proveerlo.
Las personas que se quedan, especialmente las mujeres, se quedan preocupadas y tienen que reacomodar su vida pues ¿Quién les va a llevar leña? ¿Quién les va a contar qué pasó en las juntas en las que sólo van hombres? ¿Quién les va a ayudar a coordinar la construcción de sus casas?, y muchas tareas más que se añaden a otras no pagadas. Para aquellas que vivían violencia, ésta no siempre se acaba cuando sus esposos se van, pues en ocasiones sigue de forma psicológica (a veces directamente y otras cuando la familia política queda a cargo de restringir actividades fuera del hogar);
”cuando hay dinero de por medio, no es tan fácil como colgar el teléfono. También las familias atraviesan duelos cuando alguien se va.

Existen diversas intervenciones en salud mental que permiten abordar el malestar de las personas que experimentan, de una u otra forma, los fenómenos migratorios. En comunidades donde el acceso a especialistas es casi imposible, personal no especializado pero sí constantemente capacitado y supervisado como las Cuidadoras de Salud Mental, pueden facilitar el fortalecimiento de las redes de apoyo y la construcción de saberes que permiten atravesar estas experiencias con menos sufrimiento. También, es necesario intervenir desde la raíz las dificultades económicas que llevan a las personas de áreas rurales a migrar, como lo es el derecho a una vivienda digna.
Para construir un cuarto la gente puede trabajar en México, pero es necesario mudarse a ciudades industrializadas donde también es difícil encontrar un alojamiento adecuado con un salario mínimo; y para construir una casa, sí hay que irse a Estados Unidos. Los apoyos de vivienda que ha otorgado el gobierno han ayudado a algunxs en Reforma, Chiapas, pero no son suficientes: muchxs siguen sin recibir este subsidio e incluso, sigue habiendo casas con daños significativos desde el sismo de 2017. Por eso es importante incrementar el alcance de estos apoyos, así como una distribución económica más equitativa en el país, ya que asegurar el derecho a la vivienda digna convertiría estas experiencias de migración en una opción y no en una necesidad.
”La vivienda digna, el cuarto propio con el que muchxs soñamos, también es salud mental.